Qué fastidiosas que son esas pepitas negras de la sandia ¿no? Sucede que la sandia es tan sabrosa, tan fresca, tan jugosa y aparentemente sería tan delicioso comerla si no fuera porque en medio de nuestro famélico camino debemos extirpar casi quirúrgicamente aquellas osadas pepitas negras que se interponen entre nosotros y la sandia. Claro, digo quirúrgicamente porque nadie quiere perder ni un pedacito de sandia a causa de una infiltrada pepita.
Sucede que voy llegando a la parte final de la sandia (aquella más cercana a la corteza verde) y noto que ya no hay más pepitas… ¡Qué felicidad!, pienso primero. Sin embargo, el sabor ya no es el mismo, mi sandia ha perdido dulzura, sabor y hasta consistencia. ¿Será que todo eso se lo daban aquellas “fastidiosas” pepitas?
Creo que a veces la vida es como una sandia. Las pepitas son nuestros problemas. Ansiosos por comérnosla, queremos enviar al olvido esos problemas, inconvenientes o imprevistos. Los odiamos, queremos dejarlos de lado, desaparecerlos. Pero creo también que superándolos, solucionándolos y venciéndolos es que apreciamos mejor cada pedacito de nuestra vida, cada pedacito de nuestra sandia…
domingo, 4 de enero de 2009
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